El temple de Amuleto paraba al primero en los medios, que necesitó un rejón de castigo para que se encelara con el caballo. Embroque tuvo que pisar terrenos muy comprometidos. Arrancando las embestidas. Alargando los muletazos. Uno a uno. Dando el pecho. Todo esfuerzo y disposición por la escasa movilidad del animal, 659 kg. Y, sobre Ojeda, salía para, una vez más, esculpir el toreo más clásico que se puede plasmar en una Plaza de Toros. Finalmente, Óleo ponía unas banderillas cortas y una rosa. Sergio recibía una calurosa ovación que reconocía una bonita faena. De toreo puro. Clásico. A caballo. Pero que no terminaba de culminar con la suerte suprema. 

Maestro… torero y toro. Pues así se llamaba el quinto que tocó a Galán en sorteo. Y en la mayor contraquerencia lo esperaba Alcotán. Embroque, toreando con la grupa, colocaba al toro en suerte para protagonizar un ajustado tercio de banderillas al quiebro. Apolo, entonces, barría el tercio con el astado cosido al estribo. Y remataba con un perfecto par a dos manos. Enterraba sobre Óleo un rejón de muerte pero el animal tardaba en caer. El uso del descabello privaba al torero de tocar pelo. Pero no del merecido reconocimiento por parte del tendido.