La Malagueta. Málaga. Y su feria. Uno de los mejores contextos. Y allí estábamos. Desafiando una vez más a la puerta de toriles sobre Amuleto. Esperando al primero de Luis Terrón. Un animal que era templado y parado en los medios. Y un caballo que se doblaba, y de qué forma, para hacerlo. Y allí, en los medios, clavaba el primer rejón de castigo. Aunque, finalmente, hicieron falta dos. Un astado que acortaba la carrera del caballo intentando hacerse con el estribo.
Con la salida de Embroque, arrancaba el pasodoble. Estirando las embestidas. Ralentizando el recorrido del toro. Algo que también lograba sobre Titán. Óleo cerraba una faena muy importante. Pero el bravo tardaba en doblar. Y el torero recibía la ovación que, sin duda, se había ganado en el ruedo.
Parado salía el segundo. Un toro difícil de encelar en el caballo. No quería pelea. Pero no había opciones. Si hay que apostar, se apuesta. Se arriesga. Se acortan terrenos. Y así hubieron de hacerlo jinete y caballo. Tras el rejón de castigo sobre Alcotán pisaba el ruedo Ojeda. Cambiaba los terreno. Ajustado. Comiéndose al toro.
Bambino tuvo que luchar contra la querencia del animal pegado a tablas, y ahí tuvo que quebrar en banderillas. No había espacio. Ni el toro quería darlo.
Apolo, también en corto, levantaba al tendido con un espectacular par a dos manos. Finalmente, Óleo colocaba una rosa antes de empuñar el rejón de muerte. Un rejón que, de no haber pinchado, hubiera puesto punto y final a una faena de esfuerzo. De insistencia. De querer. Y de poder.
📸: Arjona