Plasencia. 35 grados. Mediados de junio. No eran las condiciones perfectas pero allí estaba, la plaza de toros placentina, prácticamente llena. Y luego los toros no gustan… ni los rejones llenan…
Y allí estaba Sergio Galán, haciendo el paseíllo a lomos de Capricho.
Capote era el encargado de abrir la tarde. También abría tarde “Violetero”, de la ganadería de Luis Terrón, un toro negro de capa del que Sergio conseguiría la oreja de su actuación. Ojeda recibía entonces el testigo y clavaba dos banderillas, una y una,  después de recorrer anillo del ruedo con el astado cosido al lomo. Turno de Titán, ese caballo torero que, en la misma cara del toro, nos envuelve con sus piruetas. A lomos de Titán, Sergio colocaría los dos últimos palos, al quiebro. Y entonces salía Óleo para poner punto y aparte a la tarde. Tres banderillas cortas, al caracoleo, y un rejón efectivo tras un pinchazo daban por finalizada una faena de oreja, de ley.
Artista rompía el hielo con el segundo, “Tenerife” de nombre. Un toro de Luis Terrón muy parado y que acabo por amorcillarse en tablas. No obstante,  insistir y no desistir va grabado a fuego en la mente de este rejoneador… y en la de sus caballos. Dentro completamente de los terrenos del toro, Embroque se atrevía con unos muy ajustados cambios de grupa. Bambino protagonizaba el quiebro de este último toro y Capricho, como si del mismísimo Apolo se tratara, colocaba un par a dos manos que volvía a dejar al descubierto la confianza de esta cuadra. Dos rosas a lomos de Óleo y un rejón de muerte que no consiguió doblar al astado provocaban que una faena de trofeo quedara en una cálida ovación por parte de la afición placentina, reconociendo una vez más la pureza, la torería.