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Mi abuelo

Ésta es una sección dedicada a una de las personas más importantes en mi vida: mi abuelo Emilio.

Él me metió el gusanillo del caballo en el cuerpo y por eso hoy me dedico a ello.

Siempre he querido agradecerle todo lo que él ha hecho por mí y pensé que escribirle esta carta, para que todo el mundo pueda leerla y saber lo que siento por él, sería algo bonito.

Querido abuelo:

Llevo mucho tiempo queriendo darte las gracias por todo lo que has significado, significas y significarás en mi vida.

Tú me has dado la oportunidad de descubrirme. Tú supiste antes que nadie -incluso antes que yo mismo-, para lo que había nacido, cuál era mi afición… Has sido un mago, un mago en mi camino.

Toda mi infancia la he pasado a tu lado, en la cerca, con los caballos. También la he pasado contigo acompañándote a todos tus tratos. Recuerdo aquellos miércoles en la feria de ganado de Talavera, allí me lo pasaba tan bien que estaba deseando que llegara ese día para no ir al colegio. Eras el rey de la feria, ¡te saludaba todo el mundo!

Una de tus técnicas para vender caballos era montarme en ellos, lo cual a mí me encantaba, porque recorría toda la feria dando vueltas. De esta manera, la gente se interesaba mucho más en los caballos al ver que iba montado un niño de tan sólo siete añitos. Algunos caballos eran tan grandes que te reñían por montar a un crío tan pequeño. Pero tú tenías respuesta: “Éste tiene los cojones más grandes que el caballo”.

Te parecerá mentira, pero cuando más miedo pasaba era en los viajes. ¿Te acuerdas de cuando íbamos con don José María, aquel íntimo amigo tuyo, veterinario jubilado? Los dos conducíais fatal, a cada cual, ¡peor! Tú conducías mal, pero con don José María, tenía que dormirme para soportar el viaje. Aunque no sé ni cómo era capaz de hacerlo…

Tu afición por el caballo y el toro ha sido tan grande que nos recorrimos un montón de pueblos haciendo el despeje de plaza. Así iba naciendo también en mí esta pasión. Yo puedo afirmar que sí que empecé desde abajo, dando orejas a grandes toreros como el maestro Manuel Vidrié o el maestro Curro Bedoya, entre otros muchos.

Nuestros comienzos fueron duros, pero tú siempre ibas con ilusión. Para ti no había plaza grande ni pequeña, sólo las ganas de verme torear. Era tal esa motivación, que no te importaba que un día fuera en Bilbao y al día siguiente en Sevilla. Y hoy, todavía, mantienes esa ilusión cada vez que toreo, sin faltar ni una sola tarde y llenándome de satisfacción y alegría cuando te veo en el tendido.

Y volviendo a recordar nuestros viajes a Talavera… Un día, cuando regresábamos a Tarancón, paramos en unas cuadras de un pueblo cercano, Lagartera. Allí vimos un caballo albino en el que me monté.  Me quedé enamorado de él y me empeñé en que quería ese caballo. Tus palabras fueron: “Si nos toca la lotería, te lo compro”… Claro, ¡para que me callara! Yo, como cualquiera, lo veía imposible, pero dio la casualidad de que a las tres horas nos llamaron diciéndonos que ¡nos había tocado la lotería! Me puse como loco, diciéndote que volviéramos a comprar el caballo. No cumpliste tu palabra y finalmente no me lo compraste, y eso es algo que se me quedó clavado, aunque ahora supongo que tendrías tus razones.

Como ves, abuelo, me acuerdo de todo… Me acuerdo de que vendiste a mis caballos Curro y Terri, unos de los caballos más importantes de mi infancia, y todo, por hacer un trato. Estuve sin dormir un montón de días y aunque me decías que había otros, que no me preocupara…, para mí no eran iguales. De hecho, estuve pensando qué podría hacer para que no se los llevaran. Pensé poner unos clavos para que, cuando llegara el camión a por ellos, se le pincharan las ruedas y no se los pudiera llevar. Naturalmente, no sirvió de nada.

¡Cómo no admitir que mi mejor amigo siempre has sido tú! Yo no jugaba al futbol, ni salía con mis compañeros. Lo único que quería era estar contigo montando a caballo, así era feliz.

Has marcado una etapa muy importante de mi vida, abuelo, llena de sueños e ilusiones que, finalmente, se han hecho realidad. Sé que sin tu apoyo y sin toda la confianza y esa fe ciega que has tenido siempre en mí, no podría haber llegado donde estoy. Por eso ocupas un lugar muy importante en mi corazón y siempre, siempre, te tengo presente.

TE QUIERO MUCHO, ABUELO.

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