La vida a trote y a galope

Solo dos de cada cien caballos que se prueban sirven para el arte del rejoneo.

Los jinetes ponen a los equinos delante de becerras cuando tienen tres años para ver qué comportamiento tienen.

Los verdes campos de la dehesa San Joaquín de Huelmos, en Salamanca, brillan cuando la noche se esconde y el cielo abre el nuevo día. La finca es el lugar idóneo para contemplar un paisaje bello y pasmosamente apacible, donde viven cerca de una treintena de caballos toreros que, desde primera hora de la mañana, siguen las órdenes de entrenamiento del rejoneador madrileño Sergio Galán. Allí, el jinete pasa las horas con ellos, mostrándoles cómo tienen que comportarse delante de la cara del toro. Un trabajo duro, sacrificado y gratificante.

La selección de caballos para el rejoneo es una tarea complicada que requiere paciencia y dedicación. Los expertos escogen a las yeguas y a los caballos que tienen una gran trayectoria de rejoneo. El objetivo es que los animales procreen y nazcan otros con las mismas condiciones. «Por genética, tenemos más posibilidades de que salgan equinos con sangre torera», explica Galán. Una vez que los caballos cumplen unos tres años, los maestros se suben a ellos para ver las cualidades que tienen. «Si no te montas, no puedes saber si un caballo te puede servir para torear, aunque hay movimientos y gestos que te van dando pistas», añade. Posteriormente, el maestro coge a los caballos que más le han gustado y los pone delante de una becerra. «Son vacas bravas que se mueven por la plaza pero no embisten al caballo», relata Galán. «Si ves que la reacción del caballo no es buena porque lo está pasando mal, el animal no sirve. En cambio, si aguanta, le echas un carretón, conducido por una persona, y empiezas a domarlo y a enseñarle cómo tiene que esquivar al toro», apunta el madrileño. Los maestros caballistas dedican una hora al día a entrenar a cada uno de sus equinos. «En mi caso, tengo más de veinte y procuro enseñarles algo todos los días. Dieciocho de ellos son con los que toreo en las plazas de toros», asegura el rejoneador. «El estado físico del caballo depende mucho a la hora de su entrenamiento, ya que hay días que están cansados y que no se encuentran bien».

El día del festejo

Los rejoneadores tardan unos diez meses en conseguir dominar a los caballos. Pero no es hasta dos años después cuando los equinos alcanzan la preparación necesaria para enfrentarse a un toro en un ruedo ». De hecho, algunos de los caballos de rejoneo que saltan a los ruedos españoles alcanzan los diez años de edad.

Según los expertos, solo dos de cada cien caballos que se prueban sirven para lidiar astados en el arte del rejoneo. «No sirve solo que se puedan poner delante de un toro y que no le teman, sino que además tienen que ser unos ‘cracks’», admite Galán. Destaca, además, que «el terreno de la genética ha avanzado muchísimo en los últimos años, pero los rejoneadores solemos ser muy exigentes con el ganado».

Los caballos son trasladados en un camión hasta la plaza. El viaje comienza la noche anterior al festejo.

«Llevo nueve caballos para cada corrida. Estos animales viajan por la noche más tranquilos que por el día. Además, es bueno porque normalmente llegan a la plaza sobre las 10 horas, que es a la hora que tienen que estar allí», explica el rejoneador.

«Hay que tener caballos suplentes, como pasa en un equipo de fútbol. Muchas veces se resfrían, tienen fiebre y no están para torear».

Especializados en cada tercio

Una vez que los animales llegan, tres ayudantes del rejoneador bajan a los equinos del camión, los limpian, y comienzan a prepararlos con sus adornos de cara a la corrida de rejones. «Les solemos medir la temperatura para confirmar que se encuentran bien, que no tienen fiebre», señala Galán.

«Suelo torear con los caballos que más triunfos me dan. Cada uno de ellos está preparado y especializado para un tercio distinto de la lidia», apunta Galán, a quien le gusta estar un rato antes en la plaza con los animales. «Intento calmarlos antes de hacer el paseíllo. Algunos se ponen nerviosos, están inquietos y, entonces, aprovecho para acariciarlos, les hablo… Pero un caballo veterano tiene claro a lo que se tiene que enfrentar esa tarde», sostiene el rejoneador.

Comienza el festejo y, según el comportamiento del toro, el orden de salida al ruedo de los caballos puede variar. Se trata de animales bellos, cuyo valor puede llegar a ser «incalculable». Animales con una vida marcada a trote y a galope. Sergio Galán, con algunos de sus caballos, en su finca de Salamanca.