Nervios a flor de piel. Los nervios propios de empezar. De calarse el sombrero cordobés, ajustar la montura y salir al ruedo. A torear. ¡Y de qué forma! Sergio Galán abría temporada cortando las dos orejas del primero de la tarde, un ejemplar de Pallarés noble y con condiciones, pero parado en ocasiones ante el cite del caballo. 
Amuleto recibía a este primero que templaba y paraba con un solo rejón de castigo. Embroque, entonces, era el encargado de coger el testigo. Banderillas. Quiebros. Cambios de grupa. Muy por dentro de tablas. Rematando con una banderilla de poder a poder. Ahí donde el torero cita y avanza el bravo. Lento. Al paso. Llamándole. Templándole. Y clavando un palo al estribo, en su sitio, donde Galán nos tiene tan acostumbrados.
Bambino iniciaba su temporada con una actitud muy torera. Esa tan difícil de encontrar y menos aún en caballos tan jóvenes. Con unos muletazos de pecho a grupa que hacían romper al público en aplausos. Con una mirada fija de jinete y caballo hacia el toro. Un cara a cara que todos seguíamos con la mirada. 
Último tercio. Óleo, tres banderillas cortas y un rejón de muerte convertían el tendido naranja de Illescas en un mar de palomas blancas.
Llegaba el segundo. Y con él, la más increíble juventud de la cuadra de Sergio Galán. Alcotán debutaba como torero parando al segundo, este del hierro de Benítez Cubero, en los medios. Bonito. Lento… En definitiva, templando.
Capote abría el tercio de banderillas. El primero de su vida. Un caballo tan joven y tan torero…
Esperábamos. Y llegó al ruedo Ojeda. Una auténtica figura de entre los caballos toreros que pisa el ruedo para firmar siempre buenas actuaciones. Capricho era el último. Cómo cita este caballo. Cómo espera y se queda con la máxima energía. Pero en cuestión de segundos se quita con la máxima naturalidad.
Finalmente Galán, sobre Óleo, ponía punto y final con una rosa a una faena de muchos quilates, pero que pinchaba con el rejón de muerte. 
Una oreja que costaba arrancar del público pero que finalmente era reconocida. Algo más que merecido en estos tiempos en los que el toreo clásico está siendo destronado por el adorno y los alardes fuera de la cara del toro. Un concepto en peligro de extinción. Gracias Illescas.