Y llego Madrid. Con todo lo que ello representa. Sergio se colocaba sobre Amuleto en la misma puerta de chiqueros para recibir al primero de su lote. Un astado que ya de salida descubría su condición de desentendido de la lidia. Pendiente solo del callejón, era complicado clavar el primer rejón de castigo. Sacar ese toro a los medios fue toda una heroicidad. Pero allí cayó. En todo lo alto. Embroque seguía (y conseguía) arrancar las embestida del toro. Clavar y torear. ¡Como estaba este caballo! Apolo cerraba el tercio de banderillas y Óleo remataba la faena con un espadazo en toda la yema. Pero… una vez más, el toro se iba con las orejas puestas. No por el respetable, que pedía la oreja que le pertenece. Ay el palco…
Fue Alcotán quien se colocaba frente a la puerta de chiqueros para esperar al segundo. Otro toro de Fermín Bohórquez que ya de salida advertía tener el mismo comportamiento que su hermano. Volvía Embroque a la arena de Las Ventas. Y volvía, a TOREAR, en mayúsculas porque no hay más palabras que lo definan. Y Ojeda… unos cambios de grupa encerrado en tablas inimaginables. Imposibles. Arrimándose… allí donde acaba el toreo y empieza el arte. Donde hombre y caballo convencen al miedo.
Óleo de nuevo en el ruedo clavaba un rejón de muerte prácticamente de teoría. En todo lo alto. Donde deben matarse los toros. Y donde Sergio lo hizo.
Pañuelos hubo.
Una manta de pañuelos blancos obligaron al presidente a sacar una oreja. Una. La segunda era suya… y se la quedó. Calidad. Y eso hubo. Toreo. Y eso hubo. Aunque el palco no lo viera. No supiera. O no quisiera verlo.